Las historias no nacen de un día para otro.
Tienen raíces.
A veces empiezan en un cuartito olvidado, en una hoja escrita a mano, en una escena que aparece mucho antes de que sepamos qué estamos creando.
Amanda López también nació así.
En este espacio abrimos el cuaderno de atrás de la historia:
recuerdos, lugares, escenas reales, intuiciones y momentos que fueron sembrando este universo mucho antes de que tuviera nombre.
Este es nuestro Diario de Autoras.
El lugar donde contamos de dónde vienen las historias.

En 2021 llevaba un ejemplar impreso de Amanda López para entregárselo a una lectora en José C. Paz.
En el camino me dio una idea repentina: pasar por la casa donde viví de chica.
Sabía que todo iba a estar distinto.
Treinta años cambian un barrio entero.
Y así fue.
La casa ya no era la misma.
No estaba coloreada de hortensias,
ni perfumada de madreselvas y jazmines.
La rosa negra no asomaba por el paredón
ni la Rosa de Jericó se alzaba entre la chauchas.
Ahora, se asomaba una novel planta alta.
Las paredes tenían otros colores, otras ventanas, otros aromas.
Pero al mirar hacia arriba, lo vi.
Ahí estaba.
El cuartito. El cuartito de la Silas.
Ese pequeño galpón donde yo me encerraba a escribir cuando era chica.
Donde inventé mis primeras historias, mis primeras novelas imposibles, mis primeras series sin saber todavía que algún día existiría algo llamado “serie”. Allí, con el tecleo de una vieja Olivetti, con papel carbónico y cintas en carretel, nacieron mis historias.
Desde la calle lo miré largo rato.
No lo habían tocado.
Estaba exactamente igual.
Las mismas chapas onduladas.
La misma ventana.
La misma puerta.
Treinta años después, todo había cambiado…
menos el lugar donde empezó todo.
A veces pienso que las historias saben dónde nacieron.
Y de alguna manera siempre encuentran el modo de volver.
